dijous, 15 d’abril de 2010

La Contra: "Puedo comprarme veinte coches –me dijo aquí David Rockefeller–, pero no puedo comprarme veinte culos para sentarme en ellos"

Hervé Kempf, pionero del "decrecimiento económico"; autor de cabecera de Hugo Chávez
La avaricia de unos pocos amenaza el planeta de todos
LLUÍS AMIGUET  - 15/04/2010

Tengo 52 años, pero mis causas –y sus seguidores– son jóvenes. Tenemos cinco hijos: mi mujer y yo fuimos hijos de familia numerosa y creemos que es ecológico. Soy católico practicante y hoy nada papista. He participado en la II Conferència del Decreixement, de Barcelona

¿Esperaba que Hugo Chávez esgrimiera su libro en la cumbre de Copenhague?

Chávez se leyó Cómo los ricos destruyen el planeta en el avión porque se lo había recomendado mi amigo Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique a él y a Evo Morales.AChávez le gustó y lomostró al auditorio en Copenhague.

¿Orgulloso de impresionar a Chávez?

A Chávez le interesó cómo vincula mi ensayo la causa social y la ecológica. Yno es una conclusión doctrinal, sino mi experiencia.

 ¿Ha sufrido usted explotación?

Cuando veo un africano malviviendo en un suburbio de París y le pregunto "¿por qué estás aquí?", su respuesta siempre es una historia de explotación del hombre por el hombre y después de degradación del planeta.

 Por ejemplo...

 Los suburbios de Europa están llenos de inmigrantes que tuvieron que abandonar el medio ambiente donde nacieron, porque está exhausto tras la explotación abusiva. Son africanos que inmigran porque no han podido seguir siendo pescadores o cazadores o agricultores en su tierra, porque los recursos de sus mares, campos y selvas han sido esquilmados.

 Ese camino de África a Europa antes lo hicieron mercancías, valor y plusvalías.

 Vienen aquí porque no les hemos dejado nada allí para que puedan sobrevivir. ¿Por qué cree que actúan los piratas somalíes? ¿Porque son malos y peligrosos "terroristas"?

 Yo no justificaría la piratería.

Pero expliquemos sus causas: eran pescadores que hoy no pueden competir con las modernas flotas de pesca como la española, por cierto, o la japonesa. Ya no les quedan peces, así que cogen las pistolas.

 Podemos rectificar.

Si no rectificamos, nuestros hijos heredarán un planeta degradado por la avaricia y la estupidez de unos pocos. Lo que me preocupa es que estamos ante una crisis ecológica que pone en peligro nuestra propia especie.

¿No es usted algo cataclísmico?

 En un siglo hemos llegado al límite de los recursos que durante un millón de años fueron ilimitados para nuestros antepasados: el oxígeno; el agua potable; los mares. En sólo dos generaciones, hemos puesto al planeta al límite y ahora estamos empezando a superar ese límite.

Aún queda planeta

. Ya no para una sexta parte de las especies terrestres hoy extinguidas por la acción humana y que existían sólo hace un siglo. Nuestros hijos sólo pueden ver en fotos animales que nuestros abuelos veían vivos

"La Tierra da recursos para las necesidades de todos, pero jamás dará suficiente para colmar la avaricia de unos pocos"
.

 Gandhi no sólo lo dijo, sino que lo transformó en ejemplo al vivir con lo esencial, pero yo me he inspirado en Thornstein Veblen y en su mordaz ironía al explicar cómo las clases altas necesitan alardear de gasto suntuario para retarse entre individuos y demostrar su éxito.

 Es la teoría del hándicap, o del pavo real, expuesta aquí por el etólogo evolucionista Amotz Zahavi.

 Siempre hemos consumido un exceso de recursos naturales más allá de nuestras necesidades materiales para competir con los demás: las clases altas, para deslumbrar a los demás individuos de clase alta, y las clases bajas han imitado –o al menos lo han intentado– el lucimiento de gasto de las altas para sentirse ascendidas socialmente.

 Todo muy humano.

 Y las tribus –hoy naciones y estados– han derrochado también recursos de su territorio sólo para exhibir su poder. Está en nuestro instinto. Incluso le diría que hay una parte de esa élite económica que se siente fascinada por la idea de consumir el planeta hasta el final.

 ¿Quemar Roma como Nerón?


Una pulsión suicida. Piense que consumir es en realidad destruir. El lujo hoy es enemigo de la especie. Y en ese sentido necesitamos decrecer económicamente.

 ¿Quien más contamina que pague más impuestos?

No basta: hay que cambiar la cultura. Necesitamos una cruzada estética para afear la sobreexplotación del planeta por mera vanidad. Hay que reivindicar la sobriedad.

 Pues empiece por países petroleros
.

 No sólo es la exhibición de riqueza. También el despliegue armamentístico –otra forma de exhibición más perversa y nociva– en otros países de estilos más austeros.

 ¿Propone una revolución pedagógica?

 Propongo que cuando alguien quiera instalar una fábricaouna granja en un valle idílico con un río virginal, y ensucie y contamine ese río –o esa playa– de todos para poder comprarse con las ganancias una mansión gigantesca o... ¡un Rolex de oro...!

Hay otros lujos más inteligentes...


... Y arruinan su río y contaminan sus aguas... ¡para poder construirse una piscina en su jardín...!, que todos le digamos que esa conducta es hortera, ignorante y nos perjudica a todos.

La envidia es más poderosa que la responsabilidad
.

 Pero nos queda el raciocinio. Nos queda la reflexión: ¿para qué más coches de 100.000 euros, y mansiones con catorce baños? ¿No sería un lujo mayor poder caminar por un bosque frondoso y florido y bañarse en un río limpio?

 
jueves, 15 de abril de 2010
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Veinte coches , un culo

Al fin y al cabo: ¿qué ha hecho el capitalismo por nosotros? Pues, aparte de doblar nuestra esperanza de vida; o reducir la mortalidad infantil; o acabar con el hambre en Occidente u otras fruslerías por el estilo..., nada. Pero si ponemos esa formidable fuerza del libre mercado a cubrir no sólo las necesidades de nuestros cuerpos –limitadas–, sino las de nuestros egos –nunca colmadas–, se convierte en capitalismo derrochador de recursos para el lujo y la exhibición hasta –advierte Kempf– agotar el planeta. "Puedo comprarme veinte coches –me dijo aquí David Rockefeller–, pero no puedo comprarme veinte culos para sentarme en ellos". Quizás esa austeridad que ayer fue virtud sea hoy exigencia.

 

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